lunes, 25 de noviembre de 2013

La sorpresa de la muerte

En los instantes en que la bala atravesó su pecho comprendió claramente su destino, el intolerable dolor de un principio se convirtió en paz y armonía, antes de eso sintió como nunca antes, sintió como lo poco y nada de vida que seguía en si se desprendía brutalmente de su ser, arrancando su quebradiza existencia en un abrir y cerrar de ojos. Le era raro poder razonar en esa situación, la lentitud del tiempo ante la muerte era una verdad imposible de evadir, esos segundos previos antes de irse eran los necesarios para encontrar paz consigo mismo. Entonces cuando el pequeño y fino hilo de conciencia se desprendía decidió que era tiempo ya, mas no había nada que hacer solo dejar que el alma salga del frío cuerpo tirado en aquel piso, ya casi se había ido y algo lo mantenía encadenado a ese limbo entre este mundo y el otro, no lo entendía y tampoco lo quería entender…

Domingo feriado fue el día en que todos esos desconocidos entre si se reunieron para despedirlo, recordando su entrega por los demás, los buenos ratos, las cervezas que invito, las veces que dio apoyo incondicional, sus menospreciadas incoherencias hasta entonces. Miles de recuerdos buenos nacieron de todos, diciendo que lo extrañarían a pesar de que en un par de horas estarían emborrachándose donde poco y nada se acordarían de la nueva adquisición del mas allá, le sorprendió que aquel conocido con quien compartió un par de cigarros y unas cervezas los viernes de junio se atreviera a dedicarle unas palabras de agradecimientos y buenos deseos, nunca imagino que ese tipo le tuviera tanto cariño, sintió algo de culpa por no haberlo abrazado cuando tuvo la oportunidad y por no haberle puesto atención cuando le contaba cosas de su vida, una leve lagrima salio de su desvanecida existencia que dio inicio a una lluvia torrencial, de la cual todos corrieron menos ese sujeto, con quien no compartió grandes cosas a su suponer pero que fielmente como un perro cobijo unas flores y cumplió el mas fiel deseo de nuestro ser solo con rociar bencina y lanzar un encendedor prendido al ataúd todavía no enterrado. Solo el fuego acabo con las cadenas que lo unían todavía a este mundo, agradeció con una sonrisa que jamás seria vista por nadie y aprovecho el camino que le quedaba por recorrer a la eternidad misma, el barquero lo vino a buscar, tiro entonces una moneda que recibió a gusto para escoltarlo a lo que no somos capaces de ver pero si de sentir.


El fuego desprendió unas llamas gigantescas azules eléctricas que se conservaban en esa tumba, los rayos de la tormenta se unían a la hoguera y los vientos cantaban rasgando su voz con las hojas de los árboles y con la infinidad de objetos que se interponían en su cantar. Esa era la despedida que siempre quiso y ni idea de cómo se entero ese sujeto, cumplió la ultima voluntad del actual ascendido.

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No olvidar

El mundo puede cambiar, siempre hay esperanza.