Su mirada
se centraba en el techo, trataba de reorganizar sus pensamientos y apaciguarlos
para poder dormir un poco mas, para su mala suerte el sonido periódico y
molesto del reloj que decoraba pasivamente su habitación lo irritaba cada
segundo mas. El tiempo era su peor enemigo, quien jugaba con su mente y con su
destino, mostrándole en ocasiones recuerdos de un mañana que no existe para
solo divertirse un poco. Mientras tanto su mente seguía, macabra pero
dulcemente, celebrando su anarquía. De repente el reloj se precipito al piso,
rompiendo con el todo su mecanismo y consiguiendo el descanso de nuestro amigo.
Ya se
hacia tarde, se despidió y salio corriendo – como de costumbre – con el pulso
acelerado, su respiración trataba de seguir a un ritmo normal. Un par de
cuadras bastaron para que se detuviera a descansar, ya era tarde, de todos
modos el atraso no cambiaria si corría mas rápido que la brisa aquella, que
pasaba a su lado solo para darle un poco de animo y alegría al recorrido.
Media
hora tarde, afirmaba el reloj de ella, y la sonrisa de el al ver esos ojos a la
distancia no podía ser mas que evidente, un perdón por la demora se silencio
con un tierno beso que dio paso a la eternidad de los 10 segundos. Recorriendo
todo su ser, jugando con los erizados vellos de su brazo, haciendo que el corazón
se exasperara… Notó la diferencia durante la primera milésima de segundo, no
era alguien más, sino que era alguien para más. Le dio paz y guerra, llevando
el espíritu de nuestro servidor más allá de la Vía-Láctea. Pasando
por champañas de supernovas, rodeando anillos planetarios y finalizando el
recorrido como una estrella fugaz libre de tiempo. No entendía como unos dedos
entrecruzados condimentados de un simple beso pudiese ocasionar tanto alboroto
en su ser.
Después de
una larga caminata, de conversaciones profundas, de momentos de niñez en éxtasis,
tuvieron que finalizar esa odisea del día. Que pronto volvería por mas, al
igual que un adicto. El gran miedo que ambos sintieron en un comienzo se dio
por finalizado, ya no era necesario temerle a necesitarse, simplemente ahora
era un hecho y mas aun.
Con el
correr de los días el no entendía como alguien podía ocasionar tanta alegría en
si, solo un ermitaño comprende y aprecia con valor el regalo de la compañía, y
mientras el pequeño rocío velaba la niñez de ella, no podía apartar su mirada,
el desenfoque a todo lo demás era invariable.
Y aun a
la distancia podía sentir esas marcas que quedaron como un recuerdo interesante
de un porvenir misterioso.
Y
cambiando de enfoque, un jueves por la tarde encontró en su habitación – a pesar
del desorden – un escrito de antaño, que decía fuerte y claro… “Ve fuera, en lo
que no puedes ver todavía se encuentra tu destino. Encuéntralo.” No lo dudo ni
dos segundos y comenzó a preparar su odisea, trazando en un papel blanco su
propia ruta entendió que lo que sucedería en el próximo tiempo era partir de
cero, y ante esa verdad sonreía durante el sueño…
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