sábado, 23 de noviembre de 2013

Cronicas de Mochila II

Su mirada se centraba en el techo, trataba de reorganizar sus pensamientos y apaciguarlos para poder dormir un poco mas, para su mala suerte el sonido periódico y molesto del reloj que decoraba pasivamente su habitación lo irritaba cada segundo mas. El tiempo era su peor enemigo, quien jugaba con su mente y con su destino, mostrándole en ocasiones recuerdos de un mañana que no existe para solo divertirse un poco. Mientras tanto su mente seguía, macabra pero dulcemente, celebrando su anarquía. De repente el reloj se precipito al piso, rompiendo con el todo su mecanismo y consiguiendo el descanso de nuestro amigo.

Ya se hacia tarde, se despidió y salio corriendo – como de costumbre – con el pulso acelerado, su respiración trataba de seguir a un ritmo normal. Un par de cuadras bastaron para que se detuviera a descansar, ya era tarde, de todos modos el atraso no cambiaria si corría mas rápido que la brisa aquella, que pasaba a su lado solo para darle un poco de animo y alegría al recorrido.

Media hora tarde, afirmaba el reloj de ella, y la sonrisa de el al ver esos ojos a la distancia no podía ser mas que evidente, un perdón por la demora se silencio con un tierno beso que dio paso a la eternidad de los 10 segundos. Recorriendo todo su ser, jugando con los erizados vellos de su brazo, haciendo que el corazón se exasperara… Notó la diferencia durante la primera milésima de segundo, no era alguien más, sino que era alguien para más. Le dio paz y guerra, llevando el espíritu de nuestro servidor más allá de la Vía-Láctea. Pasando por champañas de supernovas, rodeando anillos planetarios y finalizando el recorrido como una estrella fugaz libre de tiempo. No entendía como unos dedos entrecruzados condimentados de un simple beso pudiese ocasionar tanto alboroto en su ser.

Después de una larga caminata, de conversaciones profundas, de momentos de niñez en éxtasis, tuvieron que finalizar esa odisea del día. Que pronto volvería por mas, al igual que un adicto. El gran miedo que ambos sintieron en un comienzo se dio por finalizado, ya no era necesario temerle a necesitarse, simplemente ahora era un hecho y mas aun.

Con el correr de los días el no entendía como alguien podía ocasionar tanta alegría en si, solo un ermitaño comprende y aprecia con valor el regalo de la compañía, y mientras el pequeño rocío velaba la niñez de ella, no podía apartar su mirada, el desenfoque a todo lo demás era invariable.

Y aun a la distancia podía sentir esas marcas que quedaron como un recuerdo interesante de un porvenir misterioso.


Y cambiando de enfoque, un jueves por la tarde encontró en su habitación – a pesar del desorden – un escrito de antaño, que decía fuerte y claro… “Ve fuera, en lo que no puedes ver todavía se encuentra tu destino. Encuéntralo.” No lo dudo ni dos segundos y comenzó a preparar su odisea, trazando en un papel blanco su propia ruta entendió que lo que sucedería en el próximo tiempo era partir de cero, y ante esa verdad sonreía durante el sueño… 

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No olvidar

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