Es difícil,
solo un instante marca la diferencia entre una realidad y otra. La muerte
alrededor de nuestra vida nos suele rozar, reiteradas veces y a pesar de eso, jamás
adquirimos inmunidad a ella. El instante en que se presenta por nuestro camino
la negación y desesperación toman lugar, inundando las hojas de papel,
rompiendo conciencia y noción. Pasadas las horas, secadas las lágrimas,
acompañadas de una sensación de vacío y un sinfín de interrogantes sin respuesta.
Ya acepté lo crudo que puede ser el destino con tal desgarradora noticia. Tengo
la certeza de que donde sea que estés, seguirás igual que siempre… Tu sonrisa característica
y ganas de superación son lo que más extrañaré de ti, y por eso mismo, es que
te escribo, no para acrecentar el sufrimiento ni mucho menos alargar el luto,
sino que, para liberar lo que tal vez nunca te dije. Ya que se nos suele olvidar la fugacidad que
tenemos aquí.
Créeme
que aunque sea duro de aceptar, te conozco y doy por hecho que no te gustaría este
panorama, y por eso mismo sacare una lección de esto, aunque sabes que suelo
recaer en errores múltiples veces…
La Vida de un
Guerrero es ardua. Tienes mil años, y ya es tiempo de descansar. Deja las
armas, siéntate junto a tu hermano del Camino. Uno al lado del otro, contemplad
el Sol ponerse en el silencioso desierto.
De seguro extrañarás el mundo, tus amores, tus batallas. Más no te aflijas.
Regresarás.
Tengo
la seguridad de que en otra ocasión te volveré a ver, hasta entonces amigo.
En
memoria de Ivan Oscar Rodríguez Sánchez y su padre Oscar Rodriguez Duque
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